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Las organizaciones que constituyen el Movimiento de los Pueblos por el Buen Vivir, informaron que el domingo 7 de diciembre se iniciará la Marcha Nacional de los Pueblos. El recorrido, que partirá desde las lagunas comprendidas en el ámbito del proyecto Conga, culminará el miércoles 10, en la ciudad de Lima.

El sociólogo Jorge Pereyra, que figura entre los organizadores de la actividad, dijo que no hay que olvidar que el Perú es el cuarto país en el mundo, con más líderes ambientales asesinados.

Por su parte, el estudiante universitario Cesar Chilón, señaló que en Celendín, durante la Cumbre de los Pueblos, en la que participaron más de 70 organizaciones, se acordó realizar esta marcha. “El mismo día siete estaremos arribando a Trujillo, donde se llevará a cabo un foro en el centro de la ciudad. Luego estaremos en Chimbote, donde realizaremos una vigilia por los muertos en los conflictos eco territoriales”, señaló.

A su turno, Luordes Chuán dijo que en la marcha, las organizaciones de mujeres y hombres alzarán su voz de protesta y demostrarán nuevamente al presidente Humala que continúa la lucha contra el modelo extractivista que se pretende imponer. “Hemos acordado nuestra participación como mujeres en esta gran marcha, que se estará realizando no solo en el Perú, sino en todo el mundo, porque cambio climático afecta a todos”, dijo.

Chuán añadió que se exigirá al gobierno la derogatoria de las leyes que criminalizan la protesta y de las medidas que buscan reactivar la economía pero que afectan al medio ambiente.

Elmer Micha, músico ambientalista, comentó que en varias localidades del Perú, diversos ecosistemas están desapareciendo, debido a alteraciones en el clima. “En Cajamarca, justamente, tenemos la recarga hídrica que va al océano Pacifico y al Atlántico, con el río Marañón, que también está en peligro. Por esa razón, estamos organizados como artistas, para poder dar la bienvenida a los compañeros que llegarán desde las lagunas”, comentó.

Finalmente, el ex sacerdote Marco Arana mencionó que la noticia de que el Perú sería sede de la Cop 20, fue motivo de alegría y expectativas para la ciudadanía. Sin embargo, este año ha sido el peor para la institucionalidad ambiental  del país. “En este momento, más de dos millones de peruanos carecen de acceso al agua potable. Por otro lado, amenazan con la privatización de las empresas públicas de agua potable, y la mayor parte de la población peruana está asentada en la costa, donde hay menos agua”, precisó. Del mismo modo, anunció que el día cinco de diciembre será presentado el caso de violación de los derechos ambientales y urbanos, cometido por del proyecto Conga.

Nota

La delegación que llegará a Lima será recibida por los  congresistas Jorge Rimarachín y Verónica Mendoza.

Fuente: Notocias Ser


Hacia la Cumbre de los Pueblos frente al Cambio Climático
Mujeres diversas sembrando el Buen Vivir como alternativa al extractivismo y para enfrentar al cambio climático

CELENDÍN, del 28 al 30 de noviembre del 2014

Las mujeres y organizaciones de mujeres que participamos de la Cumbre de los Pueblos de Celendín nos autoconvocamos para volver a encontrarnos sumando más mujeres a nivel nacional, juntando nuestras vertientes y haciendo de nosotras un río indomable, fuerte y capaz de crear ese Buen Vivir con igualdad, justicia y equidad que tanto queremos.

Esta iniciativa nace como parte de la movilización nacional que está forjando la Cumbre de los Pueblos frente al cambio climático a realizarse del 9 al 12 de diciembre en la ciudad de Lima; y como continuidad al proceso iniciado en la Cumbre de los Pueblos en Celendín, realizado del 23 al 25 de octubre, donde se tomaron acuerdos como: seguir defendiendo nuestros territorios y pueblos, el agua y la vida frente a los proyectos extractivos que lo amenazan y por la construcción de modelos de desarrollo propios, dignos, justos socialmente y en armonía con la Madre Tierra, en camino hacia el Buen Vivir. Así también, se acordó reconocer el papel importante que cumplen las mujeres en esta lucha; invocar a enfrentar al sistema extractivista que origina los efectos del cambio climático por ser también sexista y patriarcal, por dominar, explotar y mercantilizar a las mujeres como lo hacen con la naturaleza; y de articular todos los movimientos, las luchas, las fuerzas populares en el país.

Convocamos a las mujeres organizadas de los movimientos sociales, redes, autoridades y ciudadanas en general de todas las regiones del Perú, que se sienten comprometidas con la lucha por la defensa de nuestros territorios, así como de nuestros cuerpos y vidas, a participar en la Cumbre de Mujeres: Mujeres diversas sembrando el Buen Vivir como alternativa al extractivismo y para enfrentar el cambio climático, a desarrollarse en la provincia de Celendín del 28 al 30 de noviembre del 2014.

Una vez más en Celendín, en la región hermana de Cajamarca, porque su legado e historia reciente de resistencia y organización social frente a la imposición de los proyectos mineros haciendo valer la voluntad del pueblo, es de inspiración, un ejemplo vivo para movimientos y organizaciones mixtas y de mujeres que en otros territorios vivimos las mismas afectaciones del modelo desarrollo actual, comulgamos en su crítica y nos sentimos llamadas a construir propuestas alternativas viables para un vivir digno, justo y sostenible en nuestras localidades y a nivel del país, como también de fortalecer democráticamente nuestras organizaciones y proyectos de vida más comunitarios.

Por esa razón y esperando generar un espacio con mística, confianza y hermandad para el intercambio de experiencias y saberes múltiples que traeremos, es que nos volvemos a buscar para conversar sobre:

  • ¿Cuáles son nuestros territorios, nuestras historias y culturas, cómo vivimos y cómo nos vinculamos?
  • ¿Cuáles son los impactos del modelo de desarrollo extractivista y del cambio climático en la vida y cuerpo de las mujeres?
  • ¿Cómo están nuestras organizaciones y movimientos de mujeres hoy, que impactos viene viviendo a causa del modelo? ¿Cómo queremos fortalecerlas?
  • ¿Qué propuestas formulamos para hacer frente al extractivismo, al patriarcado y al cambio climático? ¿Cómo imaginamos y queremos que sea el Buen Vivir desde nosotras las mujeres diversas?
  • ¿Para qué y cómo queremos participar en la Cumbre de los Pueblos frente al Cambio climático?

Lo que logremos en esta cumbre busca contribuir al objetivo de la Cumbre de los Pueblos, que es la de fomentar propuestas e intercambios de experiencias, articular agendas y ejercer presión ante los tomadores de decisión en la COP 20. Pero además, busca generar más encuentros, debates y propuestas de los movimientos de mujeres, partiendo de su valiosa y enriquecedora diversidad, y con ello fortalecernos. Uno de los frutos de este encuentro será un documento en el que reflejaremos nuestra palabra, visiones y propuestas la cual llevaremos a la Cumbre de los Pueblos en Lima.

¿QUÉ QUEREMOS LOGRAR?

  • Mapear y reconocer nuestra luchas como mujeres por la defensa de nuestros territorios, bienes comunes y nuestros derechos por igualdad, equidad y justicia de género.
  • Reflexionar sobre los impactos del extractivismo y el cambio climático en nuestros territorios, organizaciones, vidas y cuerpos de mujeres diversas, así como de su relación con el machismo y el patriarcado.
  • Desarrollar colectivamente propuestas alternativas, o de Buen vivir desde las mujeres, que se sistematizarán y serán socializadas en la Cumbre de los Pueblos de Lima.
  • Generar más y mejores vínculos entre diversas mujeres y organizaciones de mujeres presentes, sentirnos como un río, porque somos más que gotas.

¿CUÁNDO Y DÓNDE SE REALIZARÁ?

El evento se desarrollará del 28 al 30 de octubre en la Provincia de Celendín.

Día 28 de Noviembre:

Mística de inicio y presentación de la Cumbre y de sus participantes

Días 29 y 30 de Noviembre:

Desarrollo de la Cumbre

Día 30 de Noviembre, horas de la tarde:

Acto político cultural de cierre, con lectura pública del pronunciamiento.

*Para cualquier consulta o confirmación de su participación puede escribirnos al correo: cumbredemujeres2014@gmail.com  o llamar al teléfono: 71534 50

Es importante la confirmación de su participación.

*Como se trata de una actividad autoconvocada, sus gastos de participación como los pasajes y hospedaje serán autogestionados.


El conflicto por el proyecto minero en Cajamarca puso en el debate público el tema de la importancia del agua.

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Según el Tyndall Center de Inglaterra, el Perú es el tercer país más vulnerable ante el cambio climático, y “en 40 años tendría el 60% del agua que tiene hoy”, según estima el Ministerio del Ambiente (Minam). Más allá del debate político e ideológico alrededor del proyecto Conga, de la minera Yanacocha, el conflicto social que provocó esta inversión puso en agenda la discusión sobre la importancia del agua, dado que su ejecución suponía la afectación de un sistema de lagunas y bodefales en las provincias de Celendín y Cajamarca. A partir de ello, veremos la importancia de los humedales.

SIN LAGUNAS, PERO CON MÁS AGUA
En defensa del proyecto, Yanacocha señala que la cantidad de agua que se almacenaría en sus reservorios es mayor al de las lagunas Perol, Mala, Azul y Chica. “Las lagunas tienen 1,4 millones de m3. Tres de los cuatro reservorios almacenarán 3,2 millones de m3, exclusivamente para la comunidad”, señaló la corporación en un suplemento difundido en 2011. “Los reservorios se construirán antes que la mina y se llenarán, principalmente, con agua de lluvia y con el agua que se trasladará de las lagunas. De esta manera, los reservorios empezarán a ofrecer agua antes de que la mina empiece a producir”, afirmaron. Dicho de este modo, la cuestión parece reducirse a “cantidad de agua”.
¿Y EL ECOSISTEMA?
Sin embargo, para los críticos del proyecto minas Conga, la empresa Yanacocha no toma en cuenta que esas cuatro lagunas forman parte de un sistema hídrico.

“A partir de esas cuatro lagunas hay todo un ecosistema que funciona con bofedales, manantiales y fuentes de agua, de donde la población a través de una serie de canales los utiliza en función de sus actividades económicas. Esos ecosistemas prestan servicios ambientales que tienen un valor”, afirma José de Echave, investigador de CooperAcción en entrevista a Ideeleradio. De Echave, quien fue viceministro de Gestión Ambiental, criticaba el peritaje internacional al Estudio de Impacto Ambiental (EIA) de Conga, realizado a pedido del Ejecutivo.

El informe de dicho peritaje, publicado en abril del 2012, indicó que la pérdida de las cuatro lagunas y más de cien hectáreas de bofedales tendría un impacto “poco significativo”. Por el contrario, en un informe alternativo, Robert Moran, hidrólogo y geoquímico norteamericano, señaló que “buena parte del proyecto se encuentra en una zona que está considerada como “ecosistema frágil” por las leyes peruanas”. Con ello, Moran se refiere al Artículo 99 de la Ley General del Ambiente, el cual incluye a bofedales y lagunas altoandinas, como en el caso de Conga, en la categoría de “ecosistemas frágiles”.

LA IMPORTANCIA DE LOS HUMEDALES

Afirma Servindi que “una de las objeciones contra el proyecto minero Conga de la empresa Yanacocha es que éste destruiría, además de cuatro lagunas, los ecosistemas únicos de los humedales de la zona”. “En Cajamarca, no tenemos nevados, nuestra agua nace de las lagunas, de los humedales”,afirma Milton Sanchez, presidente de la Plataforma Interinstitucional Celendina (PIC), colectivo que se opone a Conga.

A partir del debate en torno a este proyecto, podemos presentar algunas consideraciones sobre la importancia de los humedales. ¿Qué sabemos de los humedales? En la última celebración por el Día Mundial de los Humedales, se dio a conocer que en el Perú “los humedales suman alrededor de 8 millones de hectáreas” entre 12.200 lagos y lagunas en los Andes.

Según el Minam, los humedales son importantes porque funcionan como reservorios de la biodiversidad, controlan las inundaciones, contribuyen al abastecimiento de agua, retienen sedimentos y nutrientes, brindan protección contra tormentas, juegan un papel importante en la estabilización de microclimas y retención de carbón, son fuente de una gran diversidad de productos naturales útiles para el hombre, sirven como lugares de recreación y turismo, funcionan como medios de transporte, son centros para la investigación y educación ambiental, y son de gran valor socio-cultural.

Ante ello, cabe preguntarnos: ¿Qué pasará con otras lagunas, bofedales y humedales cuando se proponga ejecutar otros proyectos que impliquen su afectación? Si como advierten los organismos internacionales, el Perú es uno de los países más vulnerables ante el cambio climático, entonces, se debe prestar mayor importancia a la conservación y el cuidado de estas fuentes naturales de agua.

Dato: El 13 de noviembre de 1991, mediante Resolución Legislativa N° 25353, el Perú ratificó la Convención Relativa a los Humedales de Importancia Internacional especialmente como Hábitat de Aves Acuáticas (Ramsar).
El objetivo de este tratado es “la conservación y el uso racional de todos los humedales mediante acciones locales, regionales y nacionales y gracias a la cooperación internacional, como contribución al logro de un desarrollo sostenible en todo el mundo”.
[Este post está postulando al premio Historias del Cambio Climático]

Por: Jorge Paucar Albino

Redactor en LaMula.pe


En carta al presidente Humala, los integrantes del grupo señalan está preocupadas por normas que debilitan competencias regulatorias de la autoridad ambiental.

Las organizaciones e instituciones que forman parte del Grupo Perú COP 20 dijeron que el gobierno está cayendo en contradicciones al alegar internacionalmente que el Perú es uno de los países más vulnerables al cambio climático, mientras que internamente aprueba normas que ponen “en riesgo la sostenibilidad ambiental y social del país”.

En una carta abierta dirigida al presidente Ollanta Humala, estas entidades se declaran preocupadas porque en el proceso de las negociaciones para preparar la Vigésima Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 20), el jefe de Estado se ha mostrado dispuesto a “asumir obligaciones” en la lucha global frente al cambio climático, pero a la vez “aprueba un paquete de normas que debilitan las competencias regulatorias de la principal autoridad ambiental”.

El Grupo Perú COP 20 es un colectivo de organizaciones, gremios, ONG, sindicatos, medios de comunicación y otras instituciones de la sociedad civil que buscan aportar con propuestas que logren alcanzar un “nuevo acuerdo climático global, justo y vinculante”.

En el documento se indica que las normas aprobadas para reactivar la economía nacional “afectan las principales funciones (…) de la principal autoridad ambiental como lo es el Ministerio del Ambiente, poniendo en riesgo la sostenibilidad ambiental y social del país”.

Ante esto, Rocío Valdeavellano, representante del Grupo Perú COP 20, demandó al gobierno “que actúe con coherencia en relación a las políticas internas del país,” y que revise y modifique el paquete de leyes “para restituir las competencias y regulaciones ambientales para beneficio de todos y todas más allá de intereses de determinados sectores particulares”.

También solicitó poner a consulta de la sociedad civil la aprobación de instrumentos de política ambiental interna, como la Estrategia Nacional de Cambio Climático (ENCC), pendiente de actualización desde el año 2009, y la Ley Marco de Cambio Climático, que deberá ser discutida en la próxima legislatura.

La COP 20, la reunión más importante en materia de gobernanza ambiental en el mundo, se celebrará en Lima en diciembre próximo. En la cita, la comunidad internacional negociará y redactará un borrador de Acuerdo Climático Global, que deberá ser aprobado en la próxima COP (París, 2015).

Además, se establecerán compromisos y metas de reducción de emisión de gases de efecto invernadero, como parte de los objetivos de adaptación y mitigación que adoptará la comunidad internacional en las próximas décadas.


Lea “¡La catástrofe climática está a la vuelta de la esquina!”, la columna de Álvaro Durand

 
Por: Alvaro Durand – @alvarodurand 
 
El cambio climático es real y los responsables somos nosotros. No lo digo yo. Lo dice el 5to Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas, o IPCC por sus siglas en inglés.

Si no quieres leer las más de mil páginas escritas por más de doscientos cincuenta científicos de treinta y nueve países (y otros mil expertos que revisaron el informe antes de su publicación en setiembre de 2013), aquí te canto las principales conclusiones.

Los científicos del IPCC consideran que el 95% de la evidencia señala que el principal responsable del calentamiento global generado en los últimos sesenta años es el ser humano. Sí, tú y tus actividades contaminantes.

Los expertos también coinciden en que si no disminuimos drásticamente nuestras emisiones de CO2 (la quema de energías fósiles principalmente), la depredación de los recursos, el consumo desmedido y el mal manejo de los desechos, un aumento de dos grados centígrados en la temperatura sería inevitable hacia finales de siglo, lo que resultaría en trastornos climáticos incontrolables.

El deshielo de los casquetes polares inundaría ciudades enteras y cambiaría los ecosistemas del mundo. Especies enteras desaparecerían. Los desplazados climáticos se contarían por millones. En el nuevo escenario, las catástrofes climáticas de gran magnitud, o lo que antes llamábamos tormentas del siglo, podrían asolarnos cada veinte años. De hecho, ya hemos visto algunas. ¿O creías que el huracán Katrina o el vórtice polar que azotó Nueva York hace poco fueron eventos aislados?

El panorama para América Latina también es sombrío. El Perú, por ejemplo, a pesar de que emite menos del 1% de los gases de efecto invernadero, es el tercer país más vulnerable frente a los efectos del cambio climático. Los sectores más afectados serán la agricultura, la pesca y el turismo. Las inundaciones y sequías van a afectar negativamente la producción de maíz, papa y arroz, parte de la canasta básica familiar.

Y es que somos uno de los países con mayor diversidad biológica. Poseemos 27 de los 32 climas del mundo, 84 de las 104 zonas de vida en el planeta, el 71% de los glaciares tropicales del mundo y el segundo bosque amazónico más grande después de Brasil, entre otras riquezas ecológicas que entrelazan la economía y nuestras vidas al clima.

Sin embargo, Lima se sigue moviendo con un parque automotor obsoleto que contamina el aire con niveles de azufre que superan el 472% y continúa desaguando sus desperdicios en el mar que baña sus costas. La ciudad de La Oroya se mantiene inscrita en la penosa lista de las diez ciudades más contaminadas del planeta y en la selva la minería ilegal sigue talando bosques vírgenes y derramando mercurio, plomo y arsénico en los ríos.

Muchas empresas formales también contaminan la tierra, a sus habitantes y al agua que consumen, y luego son blindadas desde la CONFIEP y la cartera de Energía y Minas. Así funciona la vaina en el Perú.

Si no, pregúntenle a la minera Yanacocha por el derrame de mercurio en Choropampa hace quince años, o su reciente intento por secar las cabeceras de cuenca en Conga y las muertes que ya va sumando su proyecto. Preguntemos a la OXY y a Pluspetrol por lo sucedido en las cuencas de los ríos Pastaza, Corrientes y Tigre, en el norte de Loreto. Y preguntemos nuevamente a Pluspetrol por el derrame de crudo en territorio de la etnia Kokama, en el lote 8x, en pleno Parque Nacional Pacaya Samiria.

Pero también preguntemos a la candiense Pacific Rubiales cómo ha logrado detener la creación del Parque Nacional Sierra del Divisor en la frontera con el Brasil. Y al grupo Palmas, de Dionisio Romero, por las más de veinte mil hectáreas de bosques primarios que pretende arrasar en Loreto para sembrar palma aceitera en nombre del desarrollo y de los cultivos alternativos. ¿Informarán sobre las toneladas de CO2 que se liberan con la deforestación?

Preguntemos, pues, al expresidente Alan García por la demencial concesión del 70% de nuestra selva para la extracción de hidrocarburos y el cultivo de biocombustibles. La sabanización de la Amazonía a la vuelta de la esquina.

Mientras tanto, los imponentes glaciares en la cordillera retroceden y el agua en Lima ya empieza a escasear. En la costa norte la sequía y la desertificación comienzan a enterrar pueblos como San Pedro de Lloc. El verano ahora es más caliente y la piel duele si la expones mucho tiempo al sol. En el Cusco, el patrón de las lluvias ha cambiado para siempre. Durante el invierno, la helada golpea más fuerte y con mayor frecuencia. Ahora caen más huaycos, los ríos se desbordan más a menudo y hay más inundaciones. Todo está conectado.

En ese sentido, debemos implementar medidas de mitigación y de adaptación, atraer fondos financieros y de investigación, así como invertir en sistemas de información. Pero también es fundamental empezar la transición hacia energías limpias y renovables. Más allá de la energía hídrica, en Arequipa y Puno tenemos un enorme potencial para almacenar energía solar. En la costa norte y sur el viento es favorable para promover la energía eólica. Y desde Cajamarca hasta Tacna tenemos identificadas 156 fuentes de energía geotérmica.

Si el Perú tiene una oportunidad para poner estos temas en la agenda mundial, esa oportunidad única se va a dar en diciembre de este año durante la Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático (COP20), la cumbre climática que se celebrará en Lima durante dos semanas con la participación de doce mil representantes de 194 países y varias organizaciones indígenas que podrían definir el futuro del planeta.

Desgraciadamente, las señales desde el gobierno no son positivas. El jueves de la semana pasada, el mismo día en que el empeñoso Ministerio del Ambiente lanzaba la campaña “Pon de tu parte – Compromisos por el Medio Ambiente”, Eleodoro Mayorga, el nuevo ministro de Energía y Minas, nos traía de vuelta a la realidad en su primera declaración pública. El flamante ministro anunció un nuevo reglamento de hidrocarburos en el que se eliminan los Estudios de Impacto Ambiental (EIA) para la sísmica petrolera, a cambio de una Declaración de Impacto Ambiental (DIA), el equivalente a una simple declaración jurada. Así las cosas, parece broma que el año 2014 haya sido designado por el gobierno peruano como el Año de la Promoción de la Industria Responsable y el Compromiso Climático.

Esperemos que el presidente resuelva esta crisis teniendo en cuenta la cita histórica a la que nos han comprometido nuestros gobernantes y la catástrofe climática que finalmente ellos han ayudado a generar.


New Statesman
Traducido para Rebelión por Germán Leyens.

¿Está matando al planeta nuestra implacable busca de crecimiento económico? Los climatólogos han visto los datos y están llegando a algunas conclusiones incendiarias.

Diciembre de 2012. Un investigador de sistemas complejos, de cabellos rojos, llamado Brad Werner pasó entre la multitud de 24.000 climatólogos y astrofísicos en la Reunión de Otoño de la Unión Geofísica Estadounidense, celebrada anualmente en San Francisco. La conferencia de este año incluía algunos participantes de gran renombre, desde Ed Stone, del proyecto Voyager de la NASA explicando un nuevo hito en el camino al espacio interestelar, hasta el cineasta James Cameron, quien habló de sus aventuras en sumergibles de aguas profundas.

Pero fue la propia sesión de Werner la que atrajo gran parte del alboroto. Se titulaba “¿Está jodida la tierra? (título completo: ¿Está jodida la tierra? Futilidad dinámica del manejo del medioambiente y posibilidades de sustentabilidad a través del activismo de acción directa”).

De pie frente a la sala de conferencias, el geofísico de la Universidad de California San Diego presentó a la multitud el avanzado modelo informático que iba a utilizar para responder a esa pregunta. Habló de límites del sistema, perturbaciones, disipación, atractores, bifurcaciones y toda una serie de asuntos que en gran parte eran incomprensibles para nosotros, los no iniciados en la teoría de sistemas complejos. Pero el resultado final era suficientemente claro: el capitalismo global hace que el agotamiento de los recursos sea tan rápido, conveniente e irrestricto, que los “sistemas tierra-humanos” se están haciendo peligrosamente inestables como reacción. Cuando un periodista lo presionó para que diera una respuesta clara a la pregunta “¿estamos jodidos?, Werner dejó la jerga a un lado y respondió: “Más o menos”.

Había, sin embargo, una dinámica en el modelo que ofrecía alguna esperanza. Werner la llamó “resistencia”, movimientos de “gente o grupos de gente” que “adoptan un cierto conjunto de dinámicas que no se ajustan a la cultura capitalista”. Según el resumen de su presentación esto incluye “acción directa ecológica, resistencia proveniente desde afuera de la cultura dominante, como en protestas, bloqueos y saboteos por parte de pueblos indígenas, trabajadores, anarquistas y otros grupos activistas”.

Las reuniones científicas serias no destacan usualmente llamados a la resistencia política, mucho menos acción directa y saboteo. Pero por otra parte, Werner no estaba llamando a emprender cosas semejantes. Simplemente estaba observando que los levantamientos masivos de la gente, siguiendo las líneas del movimiento por la abolición, del movimiento de derechos civiles u Ocupa Wall Street, representan la fuente más probable de “fricción” para ralentizar una maquinaria económica que se está saliendo de control. Sabemos que los movimientos sociales del pasado han “tenido tremenda influencia sobre… cómo se desarrolló la cultura dominante”, señaló. Por lo tanto es razonable que, “si estamos pensando en el futuro de la tierra y el futuro de nuestra conexión con el medio ambiente tenemos que incluir la resistencia como parte de esa dinámica”. Y eso, argumentó Werner, no es un tema de opinión, sino “realmente un problema de geofísica”.

Numerosos científicos han sido motivados por los resultados de su investigación a emprender la acción en las calles. Físicos, astrónomos, médicos y biólogos han estado a la vanguardia de los movimientos contra las armas nucleares, la energía nuclear, la guerra, la contaminación química y el creacionismo. Y en noviembre de 2012, Nature publicó un comentario del financista y filántropo ecológico Jeremy Grantham instando a los científicos a sumarse a esa tradición y “ser arrestados si es necesario”, porque el cambio climático “no es solo la crisis de vuestras vidas, es también la crisis de la existencia de nuestra especie”.

Algunos científicos no necesitan que los convenzan. El padrino de la climatología moderna, Hames Hansen, es un formidable activista, ha sido detenido una media docena de veces por resistir la minería de remoción de cima de montaña y los oleoductos de arenas bituminosas (incluso abandonó su puesto en la NASA este año en parte para tener más tiempo para las campañas). Hace dos años, cuando fui arrestada frente a la Casa Blanca en una acción masiva contra Keystone XL, el oleoducto de arenas bituminosas, una de las 166 personas esposadas ese día era un glaciólogo llamado Jason Box, un experto de reputación mundial sobre la placa de hielo de Groenlandia que se derrite.

“No podía mantener mi autorespeto si no iba”, dijo Box entonces, y agregó que “solo votar no parece suficiente en este caso. También tengo que ser un ciudadano”.

Esto es laudable, pero lo que Werner hace con sus modelos es diferente. No dice que su investigación lo impulsó a tomar acción para detener una política en particular, dice que su investigación muestra que todo nuestro paradigma económico es una amenaza para la estabilidad ecológica. Y por cierto que cuestionar ese paradigma económico –mediante la presión contraria del movimiento de masas– es el mejor intento de la humanidad para evitar la catástrofe.

Es un argumento pesado. Pero no es el único. Werner forma parte de un grupo pequeño pero cada vez más influyente de científicos cuya investigación de la desestabilización de sistemas naturales –en particular el sistema climático– los lleva a conclusiones similarmente transformadoras, incluso revolucionarias. Y para cualquier revolucionario de armario quien nunca ha soñado con derrocar el orden económico actual a favor de otro que sea menos probable que lleve a jubilados italianos a ahorcarse en sus casas, este trabajo debería ser de particular interés. Porque hace que el abandono de ese cruel sistema a favor de algo nuevo (y tal vez, con mucho trabajo, mejor) ya no sea cosa de simple preferencia ideológica, sino más bien una necesidad existencial para la especie.

En la dirección de ese grupo de nuevos revolucionarios científicos se encuentra uno de los principales expertos en el clima de Gran Bretaña, Kevin Anderson, vicedirector del Centro Tyndall de Investigación del Cambio Climático, que se ha establecido rápidamente como una de las principales instituciones de investigación del clima del Reino Unido. Dirigiéndose a todos, desde el Departamento de Desarrollo Internacional al Consejo Municipal de Manchester, Anderson ha pasado más de una década traduciendo pacientemente las implicaciones de la última ciencia climatológica a políticos, economistas y activistas. En lenguaje claro y comprensible, presenta un camino riguroso para la reducción de emisiones, que asegura un intento decente de mantener el aumento de la temperatura global a bajo 2º Celsius, un objetivo que la mayoría de los gobiernos han determinado que conjuraría la catástrofe.

Pero en los últimos años, los escritos y presentaciones visuales de Anderson se han hecho más alarmantes. Con títulos como “El cambio climático: más allá de peligroso… Cifras brutales y tenue esperanza”, señala que las probabilidades de mantenerse dentro de algo semejante a niveles seguros de temperatura disminuyen rápidamente.

Con su colega Alice Bows, experta en mitigación del clima en el Centro Tyndall, Anderson señala que hemos perdido tanto tiempo debido a atolladeros políticos y débiles políticas climáticas –mientras el consumo (y las emisiones) globales aumentaban vertiginosamente– que ahora estamos enfrentando recortes tan drásticos que cuestionan la lógica fundamental de dar prioridad al crecimiento del PIB por sobre todas las cosas.

Anderson y Bows nos informan de que el objetivo de mitigación a largo plazo mencionado frecuentemente –un recorte de las emisiones de un 80% bajo los niveles de 1990 para 2050– ha sido seleccionado exclusivamente por motivos de conveniencia política y no tiene “ninguna base científica”. Esto se debe a que los impactos del clima no tienen lugar solo por lo que emitimos hoy y mañana, sino por las emisiones que se acumulan en la atmósfera con el paso del tiempo. Y advierten de que al concentrarse en objetivos a tres décadas y media de distancia en el futuro –en lugar de lo que podemos hacer para reducir el carbono fuerte e inmediatamente– existe un serio riesgo de que permitamos que nuestras emisiones sigan aumentando durante años, gastando demasiado de nuestro “presupuesto de carbono” y colocándonos en una posición imposible en el resto del siglo.

Por eso Anderson y Bows argumentan que si los gobiernos de países desarrollados son serios en alcanzar el objetivo internacional acordado de mantener el calentamiento por debajo de 2º Celsius y si las reducciones han de respetar algún tipo de principio de equidad (básicamente que los países que han estado expeliendo carbono durante gran parte de dos siglos tienen que recortar antes que los países donde más de mil millones de personas todavía no tienen electricidad), entonces las reducciones tienen que ser mucho más profundas y tendrán que ocurrir mucho antes.

Para tener incluso una probabilidad de 50/50 de alcanzar el objetivo de 2ºC (que, advierten ellos y muchos otros, ya involucra una serie de impactos climáticos inmensamente dañinos), los países industrializados tienen que comenzar a reducir sus emisiones de gases invernadero en algo como 10% al año y tienen que hacerlo ahora mismo. Pero Anderson y Bows van más lejos, al señalar que este objetivo no se puede alcanzar con la serie de soluciones de bonos de carbono o de tecnología verde usualmente propugnadas por grandes grupos verdes. Estas medidas ciertamente ayudan, sin duda, pero simplemente no bastan: una baja de las emisiones de un 10%, año tras año, virtualmente no tiene precedentes desde que comenzamos suministrando energía a nuestras economías con carbón. De hecho, recortes de más de 1% por año “han sido asociados históricamente solo con recesión económica o agitación”, como dijo el economista Nicholas Stern en su informe de 2006 para el Gobierno británico.

Incluso después del colapso de la Unión Soviética no hubo reducciones de esta duración y profundidad (los antiguos países soviéticos tuvieron reducciones anuales promedio de aproximadamente 5% durante un período de diez años). No tuvieron lugar después del crac de Wall Street en 2008 (algunos países ricos tuvieron una baja de 7% entre 2008 y 2009, pero sus emisiones de CO2 se recuperaron con ganas en 2010 y las emisiones en China e India siguieron aumentando). Solo durante las consecuencias inmediatas del gran crac del mercado de 1929, por ejemplo, EE.UU. tuvo una baja de emisiones durante varios años consecutivos de más de un 10% por año, según datos históricos del Centro de Análisis de Información sobre Dióxido de Carbono. Pero esa fue la peor crisis económica de los tiempos modernos.

Si queremos evitar ese tipo de matanza mientras cumplimos nuestros objetivos de emisiones basados en la ciencia, la reducción de carbono debe ser administrada cuidadosamente mediante lo que Anderson y Bows describen como “estrategias radicales e inmediatas de “decrecimiento” en EE.UU., la UE, y otras naciones ricas”. Lo que está bien, con la excepción de que sucede que tenemos un sistema económico que hace un fetiche del crecimiento del PIB por sobre todo, sin que importen las consecuencias humanas o ecológicas, y en el cual la clase política neoliberal ha abdicado del todo su responsabilidad de administrar algo (ya que el mercado es el genio invisible al que hay que confiarlo todo).

Por lo tanto, lo que realmente dicen Anderson y Bows es que todavía queda tiempo para evitar un calentamiento catastrófico, pero no dentro de las reglas del capitalismo tal como están construidas actualmente. Lo que podría ser el mejor argumento que hayamos tenido para cambiar esas reglas.

En un ensayo de 2012 que apareció en la influyente revista científica Nature Climate Change, Anderson y Bows presentaron una especie de desafío, acusando a muchos otros científicos de no decir la verdad sobre el tipo de cambios que el cambio climático exige de la humanidad. Al respecto vale la pena citarlo en extenso:

…al desarrollar escenarios de emisiones los científicos subestiman repetida y severamente las implicaciones de sus análisis. Cuando se trata de evitar un aumento de 2ºC, “imposible” es traducido como “difícil pero factible”, mientras “urgente y radical” aparece como “retador”, todo para apaciguar al dios de la economía (o, para ser más precisos, de las finanzas). Por ejemplo, para evitar de exceder la reducción de la tasa de emisión máxima dictada por los economistas, se asumen picos “imposiblemente” tempranos, junto con nociones ingenuas sobre “gran” ingeniería y las tasas de despliegue de infraestructura de bajo carbono. A medida que disminuyen los presupuestos de emisiones, se propone cada vez más geoingeniería para asegurar que el dictado de los economistas no se cuestione.

En otras palabras, a fin de parecer razonables dentro de los círculos económicos neoliberales, los científicos han estado suavizando dramáticamente las implicaciones de su investigación. En agosto de 2013, Anderson estuvo dispuesto a ser aún más directo y escribió que ya era demasiado tarde para el cambio gradual. “Tal vez en los días de la Cumbre de la Tierra de 1992, o incluso al principio del milenio, los niveles de mitigación de 2ºC podrían haber sido logrados mediante cambios evolutivos significativos dentro de la hegemonía política y económica. ¡Pero el cambio climático es un problema acumulativo! Ahora, en 2013, en las naciones (post) industriales de altas emisiones enfrentamos una perspectiva muy diferente. Nuestro continuo y colectivo libertinaje con el carbono ha desperdiciado toda oportunidad del ‘cambio evolucionista’ permitido por nuestro anterior (y mayor) presupuesto de carbono de 2ºC. Actualmente, después de dos décadas de fanfarronadas y mentiras, el presupuesto de 2ºC restante exige cambios revolucionarios de la hegemonía política y económica”.

Probablemente no debería sorprendernos que algunos científicos especialistas en clima estén un poco asustados ante las implicaciones radicales incluso de su propia investigación. En su mayoría solo estaban haciendo tranquilamente su trabajo midiendo muestras de hielo, preparando modelos del clima global y estudiando la acidificación de los océanos, solo para descubrir, como describe el experto en clima y autor australiano Clive Hamilton, que estaban “involuntariamente desestabilizando el orden político y social”.

Pero hay mucha gente muy consciente de la naturaleza revolucionaria de la ciencia climática. Por eso algunos gobiernos que decidieron descartar sus compromisos climáticos a favor de excavar más carbón han tenido que encontrar maneras cada vez más “matonescas” para silenciar e intimidar a los científicos de sus naciones. En Gran Bretaña esta estrategia es cada vez más abierta e Ian Boyd, asesor científico jefe del Departamento del Entorno, Alimentación y de Asuntos Rurales, escribió recientemente que los científicos deberían evitar “sugerir que las políticas son correctas o equivocadas” y expresar sus puntos de vista “trabajando con asesores empotrados (como yo mismo) y siendo la voz de la razón, en lugar del disenso, en la arena pública”.

Si queréis saber adónde lleva esto comprobad lo que sucede en Canadá, donde vivo. El Gobierno conservador de Stephen Harper ha realizado un trabajo tan efectivo silenciando a los científicos y eliminando proyectos de investigación crítica que en julio de 2012 un par de miles de científicos y sus partidarios efectuaron un simulacro de funeral en Parliament Hill en Ottawa, deplorando “la muerte de la evidencia”. Sus pancartas decían, “No a la ciencia, no a la evidencia, no a la verdad”.

Pero la verdad sale a la luz a pesar de todo. Ya no es necesario leer en publicaciones científicas que la búsqueda de beneficios y crecimiento de los negocios como si tal cosa está desestabilizando la vida en la tierra. Las primeras señales se despliegan ante nuestros ojos. Y más y más de nosotros reaccionamos correspondientemente: bloquear la actividad del fracking e Balcombe; interferir en los preparativos para perforaciones en aguas rusas en el Ártico (a un enorme coste personal); demandar a los operadores de arenas bituminosas por violar la soberanía indígena; e innumerables actos más de resistencia grandes y pequeños. En el modelo informático de Brad Werner, esta es la “fricción” requerida para ralentizar las fuerzas de desestabilización; el gran activista del clima Bill MbKibben los llama “anticuerpos” que se alzan para combatir la “fiebre de adulteración” del planeta.

No es una revolución, pero es un comienzo. Y podría darnos suficiente tiempo para encontrar una manera de vivir en este planeta que sea claramente menos jodida.

Naomi Klein es una periodista galardonada, columnista publicada en numerosos periódicos y autora del éxito de ventas internacional del New York Times, La doctrina del shock: El auge del capitalismo del desastre (septiembre de 2007); y de un éxito de ventas internacional anterior: No logo: El poder de las marcas; y de la colección: Vallas y Ventanas: Despachos desde las trincheras del debate sobre la globalización (2002). Lea más en Naomiklein.org. La puede seguir en Twitter: @naomiaklein

Fuente: http://www.newstatesman.com/2013/10/science-says-revolt 

 


Urgencias climáticas

El cambio climático y la destrucción de la biodiversidad siguen siendo los principales peligros que amenazan a la humanidad. Si no modificamos rápidamente el modelo de producción dominante, impuesto por la globalización económica, alcanzaremos el punto de no retorno a partir del cual la vida humana en el planeta dejará poco a poco de ser soportable. Nuestro planeta no dispone de recursos naturales ni energéticos suficientes para que toda la población mundial los use sin freno.

La grave crisis financiera y el horror económico que padecen las sociedades europeas están haciendo olvidar que –como lo recordó, en diciembre pasado, la Cumbre del clima de Durban, en Sudáfrica– el cambio climático y la destrucción de la biodiversidad siguen siendo los principales peligros que amenazan a la humanidad. Si no modificamos rápidamente el modelo de producción dominante, impuesto por la globalización económica, alcanzaremos el punto de no retorno a partir del cual la vida humana en el planeta dejará poco a poco de ser soportable.

Hace unas semanas, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) anunció el nacimiento del ser humano número siete mil millones, una niña filipina llamada Dánica. En poco más de cincuenta años, el número de habitantes de la Tierra se ha multiplicado por 3,5. Y la mayoría de ellos vive ahora en ciudades. Por primera vez los campesinos son menos numerosos que los urbanos. Entre tanto, los recursos del planeta no aumentan. Y surge una nueva preocupación geopolítica: ¿qué pasará cuando se agrave la penuria de algunos recursos naturales? Estamos descubriendo con estupefacción que nuestro “ancho mundo” es finito…

En el curso de la última década, gracias al crecimiento experimentado por varios países emergentes, el número de personas salidas de la pobreza e incorporadas al consumo sobrepasa los ciento cincuenta millones…(1) ¿Cómo no alegrarse de ello? No hay causa más justa en el mundo que el combate contra la pobreza. Pero esto conlleva una gran responsabilidad para todos. Porque esa perspectiva no es compatible con el modelo consumista dominante.

Es obvio que nuestro planeta no dispone de recursos naturales ni energéticos suficientes para que toda la población mundial los use sin freno. Para que siete mil millones de personas consuman tanto como un europeo medio se necesitarían los recursos de dos planetas Tierra. Y para que consumieran como un estadounidense medio, los de tres planetas.

Desde el principio del siglo XX, por ejemplo, la población mundial se ha multiplicado por cuatro. En ese mismo lapso de tiempo, el consumo de carbón lo ha hecho por seis… El de cobre por veinticinco… De 1950 hasta hoy, el consumo de metales en general se ha multiplicado por siete… El de plásticos por dieciocho… El de aluminio por veinte… La ONU lleva tiempo avisándonos de que estamos gastando “más del 30% de la capacidad de reposición” de la biosfera terrestre. Moraleja: debemos ir pensando en adoptar y generalizar estilos de vida mucho más frugales y menos derrochadores.

Este consejo parece de sentido común pero es evidente que no se aplica a los mil millones de hambrientos crónicos en el mundo, ni a las tres mil millones de personas que viven en la pobreza. La bomba de la miseria amenaza a la humanidad. La enorme brecha que separa a los ricos de los pobres sigue siendo, a pesar de los progresos recientes, una de las características principales del mundo actual (2).

Esto no es una afirmación abstracta. Tiene traducciones muy concretas. Por ejemplo, en el tiempo de lectura de este artículo (diez minutos), 10 mujeres en el mundo van a fallecer durante el parto; y 210 niños de menos de cinco años van a morir de dolencias fácilmente curables (de ellos, 100 por haber bebido agua de mala calidad). Estas personas no fallecen por enfermedad. Mueren por ser pobres. La pobreza las mata. Mientras tanto, la ayuda de los Estados ricos a los países en desarrollo ha disminuido, en los últimos quince años, un 25%… Y en el mundo se siguen gastando unos 500.000 millones de euros al año en armamento…

Si en las próximas décadas tuviésemos que aumentar en un 70% la producción de alimentos para responder a la legítima demanda de una población más numerosa, el impacto ecológico sería demoledor. Además, ese crecimiento ni siquiera sería sostenible porque supondría mayor degradación de los suelos, mayor desertificación, mayor escasez de agua dulce, mayor destrucción de la biodiversidad… Sin hablar de la producción de gases de efecto invernadero y sus graves consecuencias para el cambio climático.

A este respecto, conviene recordar que unos 1.500 millones de seres humanos siguen usando energía fósil contaminante procedente de la combustión de leña, carbón, gas o petróleo, principalmente en África, China y la India. Apenas el 13% de la energía producida en el mundo es renovable y limpia (hidráulica, eólica, solar, etc.). El resto es de origen nuclear y sobre todo fósil, la más nefasta para el medio ambiente.

En este contexto, preocupa que los grandes países emergentes adopten métodos de desarrollo depredadores, industrialistas y extractivistas, imitando lo peor que hicieron y siguen haciendo los actuales Estados desarrollados. Todo lo cual está produciendo una gravísima erosión de la biodiversidad.

¿Qué es la biodiversidad? La totalidad de todas las variedades de todo lo viviente. Estamos constatando una extinción masiva de especies vegetales y animales. Una de las más brutales y rápidas que la Tierra haya conocido. Cada año, desaparecen entre 17.000 y 100.000 especies vivas. Un estudio reciente ha revelado que el 30% de las especies marinas está a punto de extinguirse a causa de la sobrepesca y del cambio climático. Asimismo, una de cada ocho especies de plantas se halla amenazada. Una quinta parte de todas las especies vivas podría desaparecer de aquí a 2050.

Cuando se extingue una especie se modifica la cadena de lo viviente y se cambia el curso de la historia natural. Lo cual constituye un atentado contra la libertad de la naturaleza. Defender la biodiversidad es, por consiguiente, defender la solidaridad objetiva entre todos los seres vivos.

El ser humano y su modelo depredador de producción son las principales causas de esta destrucción de la biodiversidad. En las últimas tres décadas, los excesos de la globalización neoliberal han acelerado el fenómeno.

La globalización ha favorecido el surgimiento de un mundo dominado por el horror económico, en el que los mercados financieros y las grandes corporaciones privadas han restablecido la ley de la jungla, la ley del más fuerte. Un mundo en el que la búsqueda de beneficios lo justifica todo. Cualquiera que sea el coste para los seres humanos o para el medio ambiente. A este respecto, la globalización favorece el saqueo del planeta. Muchas grandes empresas toman por asalto la naturaleza con medios de destrucción desmesurados. Y obtienen enormes ganancias contaminando, de modo totalmente irresponsable, el agua, el aire, los bosques, los ríos, el subsuelo, los océanos… Que son bienes comunes de la humanidad.

¿Cómo ponerle freno a este saqueo de la Tierra? Las soluciones existen. He aquí cuatro decisiones urgentes que se podrían tomar:

— cambiar de modelo inspirándose en la “economía solidaria”. Ésta crea cohesión social porque los beneficios no van sólo a unos cuantos sino a todos. Es una economía que produce riqueza sin destruir el planeta, sin explotar a los trabajadores, sin discriminar a las mujeres, sin ignorar las leyes sociales;

— ponerle freno a la globalización mediante un retorno a la reglamentación que corrija la concepción perversa y nociva del libre comercio. Hay que atreverse a restablecer una dosis de proteccionismo selectivo (ecológico y social) para avanzar hacia la desglobalización;

— frenar el delirio de la especulación financiera que está imponiendo sacrificios inaceptables a sociedades enteras, como lo vemos hoy en Europa donde los mercados han tomado el poder. Es más urgente que nunca imponer una tasa sobre las transacciones financieras para acabar con los excesos de la especulación bursátil;

— si queremos salvar el planeta, evitar el cambio climático y defender a la humanidad, es urgente salir de la lógica del crecimiento permanente que es inviable, y adoptar por fin la vía de un decrecimiento razonable.

Con estas simples cuatro medidas, una luz de esperanza aparecería por fin en el horizonte, y las sociedades empezarían a recobrar confianza en el progreso. Pero ¿quién tendrá la voluntad política de imponerlas?

Ignacio Ramonet – Enero 2.012 – http://www.monde-diplomatique.es

Notas:

(1) Sólo en América Latina, como consecuencia de las políticas de inclusión social implementadas por gobiernos progresistas en Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador, Nicaragua, Paraguay, Venezuela y Uruguay, cerca de ochenta millones de personas salieron de la pobreza.

(2) En el mundo, unos 100 millones de niños (sobre todo niñas) no están escolarizados; 650 millones de personas no disponen de agua potable; 850 millones son analfabetas; más de 2.000 millones no disponen de alcantarillas, ni de retretes…; unos 3.000 millones viven (o sea se alimentan, se alojan, se visten, se transportan, se cuidan, etc.) con menos de dos euros diarios.